
Publicado en Expansión el 07-07-2008 por Ignacio García de Leániz
Desde que Max Weber tipificó hace más de un siglo la autoridad del líder carismático, se han llenado cientos de páginas de management declarando atolondradamente que los directivos y jefes de equipos han de poseer el mentado carisma si quieren conseguir resultados eficaces. Sin embargo, si algo llama la atención en la personalidad y gestión de Luis Aragonés en esta Eurocopa es la imposibilidad de etiquetarlo como entrenador o líder carismático. Recordemos que el mismo origen griego del vocablo (xarisma) apuntaba a un obsequio o regalo divino y que Weber definía la personalidad carismática como aquella dotada de una cualidad por la cual es "considerada aparte" de las personas normales y vista como sobrehumana o excepcional. Nada de ello parece extensivo a la figura de Luis: al contrario, tanto en la fase previa como en este campeonato ha sido ?y así se ha mostrado con la prensa y con sus jugadores? más bien humano, demasiado humano, lleno de fortalezas pero también de limitaciones. Su carácter taciturno, su lenguaje entrecortado y su introversión distante acompañada de su torpe aliño indumentario parecen ciertamente alejados del glamour que se presupone en el directivo presuntamente carismático. Y sin embargo, éste Luis y no otro ha sido el responsable de una victoria épica a partir de un equipo históricamente acomplejado que ha encontrado por vez primera su autoestima con unos registros de calidad excepcionales en la historia de la Eurocopa. Y nadie duda, en una rara unanimidad nacional, que el principal artífice de este éxito ha sido Luis a quien el carisma no acompaña ciertamente, tal vez porque no hace falta para lograr un equipo de alto rendimiento. El peligro del carismaY es que el concepto de líder carismático ofrece algunos problemas. El primero es que el carisma de por sí no garantiza la consecución de resultados deseables y sí en cambio una cierta propensión a la megalomanía. Si repasamos la atribulada historia política del siglo XX, sus líderes más carismáticos ?Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot, al menos así se consideraban ellos? han sido los que han traído resultados mas desastrosos para las propias entidades nacionales que dirigían. En la empresa, salvando las distancias, también ha sucedido algo parecido: basta recordar en nuestro entorno español las consecuencias catastróficas que en los 90 tuvo la gestión de algún empresario y banquero dotados de personalidades carismáticas que les llevaron a asumir estrategias irracionales con resultados bien funestos para sus organizaciones y plantillas. En el caso de Luis Aragonés parece que todo esto lo sabía muy bien: su polémica decisión de no convocar a un jugador carismático como Raúl envío paradójicamente al resto del equipo un mensaje con gran refuerzo positivo que era lo que necesitaba un grupo aquejado crónicamente de una baja autoestima: "mirad, no valoro el carisma y considero que cualquiera de vosotros puede competir tan bien o mejor que Raúl" como así ha sido. Y es que el carisma se tiene o no se tiene (más bien, se recibe): en definitiva, no depende de uno. En cambio el esfuerzo y profesionalidad sí dependen de nuestra voluntad. Por eso, no somos responsables de nuestro carisma pero sí de nuestros logros. Alejado así de "la idolatría del carisma" no es casual que desde el comienzo mismo de la concentración en la Eurocopa, Luis lanzase a su grupo mensajes de humildad y bendita normalidad muy alejados de los alardes de pasados campeonatos.Nuestros colaboradores no quieren un jefe carismático, sino sencillamente alguien que se gane su credibilidad y respeto, lo que ya es mucho y raro. Como ese Luis ya mayor, taciturno y hosco que sabe bien que no ha sido el carisma quien ganó en la inolvidable noche vienesa.